El martes publiqué un hilo en Twitter señalando los dos grandes retos que tenía Biden en su carrera hacia la Casa Blanca frente a Trump:

1) Recuperar el “cinturón de óxido”, es decir los estados con ciudades industriales que perdieron los demócratas en las últimas elecciones, con especial atención a Michigan y Pennsylvania.
2) Movilizar el voto latino en enclaves republicanos como Arizona.

Habrá que esperar a los datos definitivos para evaluarlo. Sin embargo, lo que sí es evidente es que los demócratas no han logrado generar la “gran ola azul” que algunos pronosticaban. Biden no ha incorporado a su campaña ningún valor capaz de movilizar al electorado más allá de la oposición a Trump, apostándole todo a los errores del adversario y renunciado a liderar los cambios que una gran parte de la ciudadanía venía demandando.

A los demócratas les salvan la papeleta los grupos de base, como Justice Democrats que, tras llevar al capitolio a AOC, Rashida Tlaib y Ilhan Omar, logran revalidar a todos sus candidatos y consiguen nuevos éxitos como el director de instituto Jamaal Bowman y la activista antirracista Cori Bush. La movilización masiva en las áreas urbanas a través de las redes de los movimientos de base, han conseguido estimular la participación hasta alcanzar cotas históricas. Ni que decir tiene que muchas de estas campañas de movilización del voto han prescindido de la imagen y el nombre del propio candidato. Por algo será.

Más allá del resultado final, es evidente que 4 años después de la derrota de Hillary Clinton, una parte de los demócratas siguen sin entender por qué un candidato del estabilshment no permite conectar ni con los votantes hispanos ni con los votantes de clase trabajadora tradicional. Dos errores a vuelapluma: 1) la estrategia de tratar a la comunidad hispana como un conjunto homogéneo, como ya advirtió Bernie Sanders y 2) la imagen de un Biden, vicepresidente entre 2008 y 2016, defensor de los tratados de libre comercio y de la globalización, ha podido lastrar su voto entre una gran parte de los obreros que han visto en los últimos años como los centros industriales eran abandonados a su suerte.

Una hipotética victoria de Biden no resolvería la difícil encrucijada en la que se encuentra la política en EE.UU. El trumpismo no es un fenómeno fabricado en un oscuro laboratorio, sino que nace y crece al calor del sentimiento de abandono de la mayoría de la clase trabajadora blanca, antaño central pero hoy totalmente relegada en la economía americana, y culturalmente desplazada por las minorías que exigen un papel protagonista en la política de EEUU. Ante una empresa de tales dimensiones, no parece difícil pensar en que un programa ambicioso en torno a la justicia social y climática como el que llevaba el senador Sanders, hubiera sido una opción más ambiciosa, más conectada con la realidad social y probablemente más favorecedora de la movilización del electorado que era imprescindible para derrotar a Trump.

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