Tiempos convulsos. Mientras Casado propone como medida estrella banderas a media asta y crespones negros, Abascal se niega a cogerle el teléfono a Sánchez; mientras Álvarez de Toledo pide más control al Gobierno de España, Ayuso mantiene cerrada a cal y canto la Asamblea de Madrid; mientras se le pide a la sociedad que continúen confinados en sus casas, PP y VOX amenazan con saltarse el estado de alarma y llenar el Congreso de los Diputados.

Es en los momentos de crisis en los que un dirigente y una organización demuestran la solidez o volatilidad de sus convicciones. No descubro nada si digo que el discurso de Íñigo me ha gustado mucho, pero más allá de las afinidades que pueda tener cada uno, por encima de todo ha sido un discurso firme y responsable. Firme con el Gobierno, alertándole de que no se entretenga buscando fotos con una derecha desbocada que solo está pensando en debilitar la mayoría progresista; y responsable con la gente, porque en un momento enormemente doloroso para todos, en el que hay demasiados políticos buscando el aplauso fácil, Íñigo ha dicho algo esencial: la economía debe parar totalmente para proteger la vida. Y hay que hablar con Europa para pedir financiación y hay que garantizar que el sostén básico de todas las familias, y hay que decretar la nulidad de todos los despidos para proteger los trabajadores y hay que avalar a nuestras empresas y nuestros autónomos… pero no podemos dudar ni un instante: la prioridad número uno es la vida y la economía debe subordinarse a ella. Hay que pararlo todo.

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